Son todos los años igual
Y al final te quedará el comentario de siempre: “Si es lo mismo todos los años”.
Y puede que lleven razón pero desde mis ojos lo veo diferente. Quien no se perdería entre aquella sonrisa cómplice de un amigo cuando te marchas de la rutina el día que soñamos. Mirar a la ventana desde el cristal con las primeras luces de la mañana buscando el milagro aletargado de un cielo azul sobre la tierra que rebosa de alegría. Y se verá la igual aquella abuela que te dice: “Yo este año bajo a verla que a ver si puedo el año que viene.” Mientras yace planchada una túnica en el armario entreabierto custodiado por un capirote en una vieja silla de esparto. Pueden que lleve razón que sea el mismo nudo de la corbata que no se ajusta a la camisa parece que choca con el que se forma en la garganta y es siempre lo mismo la madre que enseña al niño a rezar como nosotros sabemos: “te sientas pero cuando lleguen los ciriales te levantas, no le pidas cera que esta cofradía es de negro”. Es siempre el mismo olor a primavera, una lengua inmensa de fuego en el atardecer y el mismo palio primero que avanza con bulla. Es la misma vecina: “Que guapo como se nota que es Domingo Ramos” y la de “cuidado que llevamos toda la tarde” junto a la vecina de “está ahí el carrito del niño” y así pasamos haciendo un puzzle entre la muchedumbre.
Por más que pienso y no quiero llevan razón es siempre igual: el primer penitente bajo tu balcón parece que fuera de plata o cartón tras el cristal de un mostrador, la hora de reloj que no avanza, la espera desmedida como si llevara retraso pero pasada la primera todo corriera con la velocidad del vaivén de un cairel. Aunque no lo quiera son las mismas excusas : “Les han dejado media hora más que lo han dejado ver la recogida.”“Ha dicho que al final lloverá pero tú no te preocupes que de agua no cae ná.” Como buscábamos media hora más, que nos dejara a la esquina para ver llegar la hermandad y la agonía melancólica de ver el palio marchar.
Apenas podemos defenderlo reconozcámoslos que es siempre lo mismo: la niña que nos fijamos el Domingo de Ramos, codazo rápido que recibías en la chaqueta y chascarrillo común “ mañana le llevas agüita.” Poco sabía que el escaqueo del día era para agarrarle la mano avanzar entre la bulla y quedarnos frente al palio sujetando del talle a esa chica. Donde se nos hacia tan eterno y fugaz lo vivido que pareciera que se escapa de las manos. Lo que pocos saben es que tras ello al día siguiente con la mejor camisa estabas botella en mano buscando el sitio para encontrar el misterio de su cofradía, tus amigos siempre lo sabían
Un calco al fin y al cabo cada año, la madre con el carrito con esa letanía en los labios: “Cariño hoy te quedas tú con el niño nada de escaparte a ver cofradías que te conocemos” además soportando el antojo indiscriminado de una corneta de plástico. Es la hermandad a oscuras y una Madruga sin horas con algún reproche de tu madre a primeras horas de la mañana, uno que salía del paso con la excusa de que es Semana Santa.
Tan igual y tan de siempre cómo encontrarse con mil meteorólogos o la lágrima en la penumbra de un patio nublado: “No pasa nada tendremos el próximo año dame un abrazo” y el típico “ Cachis si al final por dos gotas podríamos haber salido”. Aunque es mejor que no hablemos del gris mejor nombrar el rojo de la llama besando la cera, el verde del naranjo acariciando el azahar y el amarillo de un sol pleno siendo testigo de aquel niño que junta las manos aprendiendo a rezar porque es verdad al fin al cabo todo es igual.
Tan igual que seguramente no nos demos cuenta que un día nos llegará el final. Que dejaremos todo por una silla de madera. Y que nos dará la mano un niño que nos diga abuelo por ahí se ve ya y que nos costará ver la de negro que apagan la luces antes de pasar. Tarde o temprano y tan igual nos tocará bajar a la vecina de nuestro barrio y soñar con lo pasado con dos lágrimas en nuestras mejillas.
Es verdad queridos amigos todos los años igual brotará en nuestro corazón el niño, el joven, el padre y el abuelo. Las lágrimas, la risas, el escalofrío en el sonido lejano de una marcha. Perdonármelo todos el querer vivir lo que algunos resumen como “Si todos los años es lo mismo.”

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